¡No insultes a mi Madre!

¡Llámame como quieras, pero no insultes a mi madre! Ese era el código de ética entre los chicos dónde yo crecí. Nosotros no teníamos los juguetes electrónicos como hoy día, con una simple pelota nos contentábamos y jugábamos en la casa con los primos, en la escuela con los compañeros o en la calle con los vecinos.


En muchas ocasiones la competencia era demasiada, los nervios afloraban y empezaban los insultos. Eso era entendido y aceptado hasta que los insultos no se enfocaran a nuestra madre. Bastaba que alguien insultara la madre de otro para que los puños se cerrasen y los golpes fluyesen con rabia.


Comprendíamos que las madres son nuestro origen, nuestra esencia, nuestro primer amor, e insultarlas era ultrapasar todos los límites de lo aceptable. Desde el más chiquitito que se agigantaba en enfrentar al más grande si este llegaba a insultar a su mamá. En verdad hemos crecido y ya no somos niños, quizás nuestra madre esté viejita, o ya no esté con nosotros. Pero eso no debería impedir indignarnos en defensa de las madres.


En una sociedad y época mucho más machista que la actual, época donde las mujeres y niños no eran ni tomados en cuenta, Jesús no se intimidó en valorar y defender sin prejuicios a ellas y a los pequeñitos. Debemos seguir el ejemplo del maestro en agigantarnos contra el abuso verbal, físico o psicológico, de las antiguas, actuales y futuras mamás quienes actualmente siguen siendo sometidas.


El día de la madre no puede ser una vez al año, debe ser todos los días. Ellas deben ser respetadas y defendidas en el ambiente familiar, académico y laboral, los 365 días del año. Quedarnos indiferentes al tema es permitir que se ultrapase los límites de lo aceptable. ¡Llámame como quieras pero no insultes a mi madre, o a cualquier otra!


  • ¿Cómo honras y valoras a tu madre?

  • ¿Qué haces para respetar y proteger a las mujeres?


(Honrar la madre, Éxodo 20:12 – Defender la mujer, Juan 8:7-11).




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