Mirada Obscena



En uno de sus nombramientos, mi esposa fue administradora de una residencial para señoritas universitarias en la ciudad de São Paulo, Brasil. En ese establecimiento algunas jóvenes ya tenían títulos superiores y hacían sus postgrados.


En el camino entre la residencial y la estación del metro había un deposito de cervezas donde siempre se veían los hombres que trabajaban cargando y descargando las botellas de cerveza de los camiones. Esos hombres eran trabajadores, muy sencillos y que no filtraban sus palabras al pronunciar piropos bastante vulgares a las chicas que por ahí pasaban.


Al mirar una de las señoritas que iba rumbo al metro, uno de esos muchachos se encanto con sus atributos físicos y le hizo un galanteo grosero, además de hacerle una propuesta indecente. Al mismo instante la señorita le dio voz de arresto por desacato a la autoridad y lo envió a los carabineros. Si el supiera que la hermosa chica era delegada de policía y que estaba concluyendo sus estudios para ser juez, ciertamente no hubiese dudado en medir sus palabras.


La triste realidad es que ese tipo de episodio es demasiado recurrente por todas partes y en todas las clases sociales. Los varones aún se ven en el derecho de tratar a las mujeres de manera inferior y vulgar. Es verdad que el mal trato también ocurre en dirección inversa, de las mujeres hacia a los varones, pero las estadísticas demuestran una relación muy desproporcionada revelando que el maltrato de los hombres hacia a las mujeres es muchísimo más frecuente.


Como cristianos nuestro ejemplo mayor es Jesucristo, que siempre tuvo una actitud y comportamiento respetuoso, solidario, comprensivo y tierno hacia al sexo opuesto. Si decimos seguirlo, no podemos aceptar otro tipo de conducta, bien sea en nuestra familia o en nuestra comunidad, con los nuestros o con los demás.


  • ¿Cuándo tus actitudes y comportamiento ofenden al sexo opuesto?

  • ¿Qué puedes cambiar para ser más como Cristo?


(Jesús no discrimina la mujer samaritana, Juan 4:27 – Jesús confía en María Magdalena, Juan 20:17-18)

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