Almendro Pelado


Que bueno era poder disfrutar de la sombra del frondoso árbol de almendro que teníamos en el patio frente al jardín de infancia en São Gonçalo, en Río de Janeiro. La temperatura en el verano llegaba a los 44 grados Celsius y los niños podían jugar bajo el frescor del árbol evitando la intensidad de los rayos solares.


Como las ramas del árbol estaban muy grandes y disparejas, pedí al señor que hacía el mantenimiento podarlas a fin de que quedarán más bonitas y uniformes. Yo tuve que salir para cuidar de los asuntos de la iglesia y cuando volví me conseguí con una tremenda sorpresa, el hombre podó el árbol, pero lo dejó en el puro tronco pelado. Cuando le pregunté por qué se le había ocurrido exagerar tanto en la poda, me contestó: “Capitán, es que así tendrá menos hojas para barrer”.


Gracias a Dios un par de años más tarde las ramas volvieron a crecer, la sombra fue devuelta y no hubo mayores consecuencias. Triste es darse cuenta que en nuestros días muchos descuidan el trato hacia la naturaleza, provocando daños irreversibles al medio ambiente. Varias especies, otrora abundantes, lastimosamente hoy se encuentran en vías de extinción.


La Biblia enseña que Dios nos regaló la naturaleza para que pudiéramos disfrutar de ella, pero también para que la cuidáramos. Como buenos mayordomos debemos velar por los recursos naturales, por la flora y la fauna. Cuando ignoramos tales enseñanzas ponemos en riesgo el futuro del planeta y consecuentemente las futuras generaciones.


Quizás no tengamos influencia sobre la deforestación de la Amazonia, pero sí tenemos influencia sobre la colecta selectiva de la basura, el consumo responsable del agua, la adquisición de productos menos contaminantes y otras acciones que pueden parecer pequeñas pero que revelan nuestro amor por nuestro creador. Si cuidamos de la naturaleza, ella cuidará de nosotros.


  • ¿Qué más te encanta en la naturaleza?

  • ¿Qué iniciativas tienes para cuidarla?


(El cuidado con la naturaleza, Génesis 1: 28-30 – El cuidado con la tierra, Levítico 25: 2-4)


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